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EL CLAMOR
DE MI TIERRA
POLO GODOY ROJO
(Año 1949)
PROLOGO. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 1
SALUTACION AL AGUA. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 3
SALUTACION AL SERRANO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 4
CANTO A MI TIERRA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 5
LA NOCHE . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7
CANTO AL HACHADOR . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9
ATARDECER EN CERRITO BLANCO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 12
ELOGIO DEL NIÑO CAMPESINO. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13
CARRETERO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 14
AMANECER . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 16
CANCION DEL NIÑO LEÑERO. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 16
ALAMO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 17
MATINAL . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 18
OFRENDA AL ZORZAL. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 18
PAJARO EN LA NOCHE . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 19
CABRAS. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 20
LLANTO POR UN NIÑO PASTOR . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 21
INVIERNO. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 23
TRISTE FINAL. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 24
CANTA LABRADOR. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 25
PROLOGO
Antes de aventurarme en fervorosa romería hacia mis val es riojanos, había
leído y gustado –hace meses los poemas inéditos que integran “El Clamor de mi
Tierra” de Polo Godoy Rojo. Y esta primicia – fino rasgo de gentileza del autor- me
había puesto en contacto espiritual con unos de los poetas argentinos más cabales y
auténticos. Poeta que entre su canto en las fuentes del terruño, en las entrañas de la
raza, en la luz y en la música del paisaje natal. Así acabo de confirmarlo a mi
regreso. Porque, ¿no hay acaso una similitud y un parentesco geográfico y racial
entre La Rioja y San Luis?
Bastaría esta impresión sintética, a la vez panorámica de los poemas de Polo
Godoy Rojo para tomarle el pulso al poeta, y para seguir su vuelo apolíneo. Pero no
seamos escuetos en al juicio. “El clamor de mi tierra” certifica una vez más, lo ya
predicado por Horacio en lo referente a la poesía de un pueblo: que solamente se
crea poesía nacional, humana, cuando en la voz del poeta suena y se eleva la voz de
su ámbito solariego. Ámbito, donde la tierra y el hombre que la habita, forman una
armoniosa unidad indivisible. Por cierto que no aludimos para nada en esta ocasión
el pintoresco y ruidoso folklore que por ahí anda y malanda en tablados y revistas, en
encuestas y fiestas escolares. Nos referimos al arte como florescencia y frutaesencia
del surco que el artista cava en su propio campo.
Se nos dirá que la poesía lírica o subjetiva no requiere del paisaje inmediato.
Que es de por sí, individual. Y por no sé qué suerte de antonomasia, universal.
Ciertamente. ¡Pero, cómo se ahonda y cómo se eleva la emoción cuando el canto
l eva enhebradas en sus alas, las imágenes del suelo, del aire, del agua y de la luz que
rodean al poeta!
Poeta caudaloso, de fervor incontenido, de vehemencia sin brida se nos
muestra en ocasiones Polo Godoy Rojo. Entonces su verso no guarda equilibrio con
la emoción que contiene. Hasta nos da la impresión de un cántaro que desborda. Un
cántaro profundo y vasto, labrado en tal eres de sonora alfarería… Un cántaro que
rebalsa porque al contenido se savias ricas de sus predios, se agregan la l uvia del
cielo y el rocío de la noche. ¿Es que en tales circunstancias la música del poeta corre
y vuela con ritmo desolado? Si duda alguna. De ahí que necesarios sean en estos
arrebatos, el freno y el módulo de la academia.
He aquí una de las estrofas de su Canto a mi tierra:
“El alma de mi tierra está mi vida entera,
aquí en mi vida ilusa, en mi vida guerrera,
comiéndome la mano con su quemante sal.
bramando por mi cielo con tormentosa nube,
bendiciéndome en otras con la estrel a que sube
afilando sus puntas de macizo metal.”
¡Mas, cómo se afina el verso, y cuánto se l ena de esencias puras y de visiones
luminosas cuando al acento épico civil, suceden en el libro las cadencias de égloga y
de geórgica, las dulcedumbres de balada y vil ancico! Sirva de ejemplo ese
“Atardecer en Cerrito Blanco”, digno de Garcilaso.
Y bien: ¿es en estos poemas breves, temblorosos de confidencia, y henchidos
de riqueza interior donde el poeta se encuentra y se revela a sí mismo, con seguro
acierto y honda plenitud?
Nosotros creemos que sí. Válganos aquí la franqueza a carta cabal y el ancho
y cordial apretón de manos.
CÉSAR CARRIZO.

Buenos Aires, 1949.
SALUTACION AL AGUA

Ya gozo con tu canto
de vida y esperanza;
salud, agua que fluyes
sonoramente clara.
Ya siento por mi cuerpo
que sube a tu contacto
la savia de otra vida
despojada de llanto.
Plasmándome en tu entraña
hacia otro mundo paso
y me hallo con un silbo
de flauta entre los labios.
Me clava en el costado
raíz el molle pispo,
y vivo entre las mentas
y tiernos saucecillos.
Corro por las quebradas
arpegiando agua y piedra
y al cielo doy mis loas
cristalinas y frescas.
Agua bendita, agua
que manas de esta fuente
y que entre luz y flores
bulliciosa desciendes.
Déjame derramarme
gota a gota en tu cauce
y que en flautas de piedra
como un pájaro cante.
Y que cual tú, agua pura,
para un alba renazca
en flores de la noche,
verbenas y albahacas
SALUTACION AL SERRANO

Te saludo honestísimo serrano,
hombre de mano tosca y barba blanca,
que en la paz florecida de tu huerto
un templo para Dios aún levantas.
Te saludo, labriego infatigable,
que te estremeces al oír un trino,
a ti que te detienes en silencio
a contemplar la flor del naranjillo,
a ti que no te empujan los punteros
ni te cuentan los pasos que has perdido.
En ti saludo al hombre de alma libre
que de tiempos perdidos no lamenta
tirándose a beber en el arroyo,
descansando a la sombra de las piedras
o mirando bajar veloz las aguas
en claras torrenteras.
Es verdad que me apena tu silencio,
ese andar por la vida en pies descalzos,
la tristeza afligente de tus ojos
a una hondura de llantos asomados,
tus dos manos vacías y vacías,
esperando, tal vez, ¡siempre esperando!
Mas te saludo, sí, como hombre libre,
porque aquí, cuando a todo aquel o olvidas,
puedes hablar con Dios que está en tu cielo
en aromado azul de cercanías,
en la quietud profunda de estas tardes
en piadoso silencio recogidas.
Y porque sabes escapar del tiempo
mirando reventar en flor la salvia,
percibiendo volar como una alondra
los propios pensamientos en el alba
o escuchando tendido, cara al cielo,
el rezo sosegado de las aguas.
CANTO A MI TIERRA

El alma de mi tierra está en mi vida entera,
aquí en mi vida ilusa, en mi vida guerrera,
muriendo en sed quemante y en ansia cardinal;
el alma de mi tierra, de mi tierra puntana,
a mi alma adherida, ya para siempre hermana,
está ardiendo en mi verbo para una eternidad.
Aquí en mi fiel pupila de lumbres invioladas,
donde atisba el lucero en lilas alboradas,
aquí en mi voz herida por corneta triunfal,
aquí en mi mano tibia calentada en tu fuego,
en mi alma que tiene tu esperanza y tu ruego
¡oh mi tierra puntana, el alma tuya está! Si mi don de natura me plasma en tu latido y soy desde el Principio así tal cual has sido, vital en la esperanza, pujante en el clamor; mi paso está en tu paso, mi lágrima en tu l anto, muerta de sed mi sangre, viva de fe en el canto, fuego tremante ardiendo en tu tremante ardor. ¡Ay, que otro así sentirse tal como yo pudiera suelo que tienes sangre de ardiente primavera! ¡Ay, que otro así tus penas captara, tierra mía, que otro así tus desvelos, que otro así el desmayarse para entrar en la muerte y un día levantarse desde apagada estrella para una epifanía! Yo siento por mis huesos tu soplo en son de guerra subiendo clamoroso desde el valle y la sierra, cantando en los arroyos con flautas de cristal, diciéndome la sola palabra que me alegra, o hablándome intranquilo con su voz de ala negra de pájaros en fuga o de viento infernal. Yo conozco el secreto de tu alma indivisa, porque aquí en la alta nube de mi idea concisa tiene un ala prendida que le impide partir; aquí l oras o alegre a la vida te asomas y mi frente es la torre donde asientan palomas o donde a campanadas se grita un cruel morir. El alma de mi tierra, está en mi vida entera, aquí en mi vida ilusa, en mi vida guerrera, comiéndome la mano con su quemante sal, bramando por mi cielo con tormentosa nube, bendiciéndome en otras con la estrel a que sube afilando sus puntas de macizo metal. Qué presagios no trae la potencia que gasta esta altiva presencia que en verdades se enasta, que en alturas se envuelve, que en su ardor morirá. ¡Dígalo todo viento desde el val e a la sierra para gozo entrañable de mi indómita tierra que ya en mí está el mensaje de la hora triunfal! ¡Sacudirá la vida difusa de mi hermano caída en quietud cierta, en herencial desgano, en inercia doliente, en triste claudicar; Su vibrar de campana de bronce milenario caerá hacia mi tierra del nuevo campanario y en su rodar sonoro todo despertará! Y ya mismo es la hora -en este instante mismo- de prender la energía y saltar el abismo uniendo con un puente pasado y porvenir; arrojemos la lanza, vayamos con la pala, vayamos con piquetas y la pluma sea el ala que nos guíe a los mundos de un futuro feliz. Que murmure el arroyo por donde no lo ha hecho, que por canales se abra su cristalino pecho y que arda en sus costados la insospechada flor; que se aquieten los cauces en los diques cerreros y que luego desciendan por los desfiladeros con tronar de esperanzas y bramante canción. Que la reja cortante no se pudra en herrumbre y que desde los valles hasta la misma cumbre se arrojen las semillas que cuajarán en mil; que los hombres cansados sientan la sacudida de esta esperanza nueva en pujanza encendida y que al fin todos se unan en el nuevo carril. Que por él nos iremos a descuajar la tierra hasta dar en la entraña palpitante que encierra las formas de la vida viva de eternidad; y cantando y forjando a nuestra patria chica iremos arrancando del cuerpo a la desdicha, del corazón al l anto, del alma a la maldad. ¡Ah, ya no tarda el día de nuestro gozo, tierra! El enjambre naciendo del árbol que se aserra, los trojes reventando, abundoso el trigal, y tras cabras serranas el canto de pastores, las flautas melodiosas entre aromadas flores y las madres gozando de la paz del hogar. Aquí en mi vida ilusa, en mi vida guerrera, el alma de la tierra está total, entera, muriendo en sed quemante y en ansia cardinal y rompe mi garganta con el grito estridente de que es ya la hora de la marcha ascendente hacia la enhiesta cumbre maciza de metal. ¡Oh mi tierra puntana: este don de natura me plasmó en tu latido y soy desde el principio así tal cual has sido sereno en la esperanza, estoico ante la cruz; y hoy por viejas raíces esta fe enardecida de tus surcos quemantes levanta el alma herida y a tu cielo la envía con mensaje de luz! LA NOCHE

Estoy solo en esta noche
como en amargo destierro.
Me voy por campos de estrellas
y luminosos senderos.
Ya el corazón es guitarra
que desangra sentimientos.
Y apegándose a la tierra recoge todos sus ecos. Junto a una mesa sin pan el dolor del “Padrenuestro”. Clamor del surco desnudo por la inclemencia del tiempo. De la reja que se herrumbra, de los vacíos graneros. Suena en la noche, más hondo, mi guitarra de lamentos. Crecen en ríos sus sones por estos campos desiertos. Y cual jauría de lobos el llanto aúl a en el viento. No puede hallar mi guitarra las voces de un canto tierno. Las que no llevan tormentas apuñaleando el anhelo. La noche llora, sangrando con el corazón despierto. Y sus sollozos me alcanzan en mi dolido destierro. ¡Dónde estarán las canciones que busca mi sentimiento! ¡Dónde el río de las risas y los alegres sonetos! Todas las cuerdas recorren Inútilmente mis dedos. ¡La noche l ora, sangrando en angustiado lamento! CANTO AL HACHADOR

No bien Dios amanece
ya resuenan tus pasos por la selva
oscurecida de árboles gigantes
pero en cantos de pájaros despierta.
El hacha se columpia en tu ancha espalda
con luz de anunciación que reverbera
y la sed que no dicen tus palabras
se abre paso en la anchura de tus venas.
Oh, hermano hachador que te levantas
igual que un tintitaco en dura tierra;
tus carnes están hechas de esas fibras,
tu pecho está tal ado en tal madera
y aunque viven comiendo tus raíces
más firmes te levantan aún las piernas.
…Y ya cimbras el hacha; fuertemente
tus manos sin parar las revolean
y corre por el aire un silbo helado
que se repite igual en cada vuelta.
Tus brazos se prodigan, giran, giran,
y el filo va y pega,
cruje, saltan las cáscaras bramando
y más se clava y muerde con fiereza
y sube tu calor y lleno el pecho
en rítmico jadear viril revienta.
Bajo la comba inmensa brilla el hacha
que húmeda de savia más golpea
y el tajo crece y sin cesar lo ahonda
el filo inexorable que se acerca
al corazón reblandecido y verde
que a cada golpe tiembla.
El cielo se estremece a cada hachazo y por todos los ámbitos resuena el golpetear sin pausa, infatigable, anunciando a la muerte que penetra. Jadea bronco el pecho y a su caja expandiéndola más le entrega fuerzas un aire luminoso. Sigue el cabo bruñido dando vueltas, se hinchan duros los músculos de acero y el cuerpo ágil, irguiéndose en las piernas, como goma se estira y da mil brazos al hacha que con saña va y pega y atrás vuelve en elástico rebote desde la herida abierta. Cae el sudor en ríos por tu frente, el árbol cruje en dolorosa queja y a los golpes precisos y crecientes el grueso tronco tiembla, y las hojas se cimbran en la copa que se sacude entera. El perfume del árbol lastimado cual vino te marea, y con todas tus gotas de energía golpeas y golpeas, y entras al corazón y aquel a vida tan vertical, tan llena, en horrendo tronar queda sin sombra, muerta, muerta, con mortaja de flores y de lianas, la verde ramazón abierta en leña. Le huyen los pajarillos y en las ramas quebradas ya flamea una roja bandera en llamaradas y un seco corazón sin primaveras. Desde una sombra a otra, hachador, apenas si es que al cántaro te acercas, apenas si reposas un momento y si al cuerpo con torta lo alimentas. Un camino de pan buscas a golpes, pero jamás lo encuentras; y tú sabes que no, porque tus huesos tienen tuétano de hambre y de miseria y porque del chocil te va alcanzando el llanto del “gurí” que el pan espera. Oh, hermano hachador, que aún te levantas igual que un tintitaco en dura tierra, y que llevas la sangre de tu vida por idénticas venas. Pero no, el tintitaco tuvo nidos y un chiquito de cielo en su existencia y tú tienes las fuentes sin canciones y en vez de cielo azul, cielo de penas. Oh, hermano hachador, tras los pasos que dejas, abre el surco su vientre bendecido y el algodón en flor y el trigo ondean y dan cantos de paz y de esperanzas que llaman al pasar ante tu puerta… Pero es viento inconstante el que los guía y se alejan dejándote desiertas las dos manos que nunca desfallecen acariciando esperas. Oh, hermano hachador, oh árbol que te clavas en mi tierra como otro árbol sin nidos y sin cantos que está viendo que el hacha lo golpea, le destrenza las venas, lo hace astillas; porque pega en el árbol y en ti pega y sonando potente por el bosque, acallando rumores de la selva, comiéndote los pasos sin perdones, te desciñe las venas. Oh, hermano hachador, en una tarde el rastro de tu niño, por la senda, se partirá en un grito desgarrado. Con el hacha en la mano, esta vez quieta, caído en cruz sobre el gigante exhausto, mirando el cielo, ausente de la tierra, en un aire de vainas y silencio, estarás hecho flor sobre la hierba, sin un adiós ni un rezo entre los labios, entre un sordo rumor de alas de abejas, llenos los ojos de aguazal del cielo, sahumado con resinas y colmenas, muerto, muerto, seca en la mano la palabra “espera”. ATARDECER EN CERRITO BLANCO

Si pudiera leer como en un libro
las maravillas que esta tarde esconde.
Me oirían decir que apenas cae
con su lluvia de luces y colores.
Que a lo lejos el blanco caserío
sobre la sierra azul se superpone.
Allá, en el cauce abierto entre las toscas,
el río que pausadamente corre.
Más cerca, rectángulos de alfalfa
y bardas cubiertas por las flores.
Todo encierra un color y una armonía,
en todo hay levedad de ala y de roce.
El agua de la acequia que murmura
bajo puentes de rústicos tablones.
El dormitar del álamo que sueña
al arrorró de trinos y rumores.
Oh, esta tarde es un canto enmudecido
en busca del poeta que la glose.
Y yo apenas si soy la flor del agua
recibiendo de Dios sus bendiciones.
ELOGIO DEL NIÑO CAMPESINO

Un llanto de años y años
te carcome la vida sin descanso
y tus lágrimas te hieren como espinas
el pie siempre descalzo.
Dime cómo es tu canto,
cómo suena tu voz por valle y sierra
que tan sólo se escucha en tu camino
un golpear de cadenas.
Si no tienes ni voz
ni un menguado terrón hay en tus puños
aunque leguas y leguas te consuman
los sueños moribundos.
Si tus fibras no fueran de las mismas
que vencieron en Maipo y Chacabuco
como especie silvestre hubieras muerto
hace ya mucho, mucho.
Pero ellas te sostienen
y saludas al sol cada mañana
y al día lo recorres punta a punta
con el hacha o la pala.
Y al volver sólo encuentras
para animar tu cuerpo fatigado
sobre la mesa triste un pan pequeño
para ocho o nueve hermanos.
Corre tu llanto, corre por la noche
desesperadamente
y en su sed sólo hal a aguas amargas
y pájaros inertes.
Oh, niño campesino,
tu fibra de titanes te sostiene
y aún te habrán de doblar muchos hachazos
en tus días dolientes.
Oh, vida de milagro esta que se consume y no repone y que da en cada mano un pan de trigo y el cáliz de sus flores. Va perdido mi elogio entre el rumor creciente de aguas tristes pero un día ha de oírse, cuando digas: CARRETERO

Desde la noche tu carro
baja por hondas quebradas
con una carga de leños
de penetrante fragancia.
Tu silbo brillante alumbra
entre algarrobos y talas
el camino que las ruedas
destrenzan esperanzadas.
Al pasar vuelan los pájaros
posados en la mañana
y el latigazo revienta
sobre el brillo de las ancas
espantando a su estallido
las gracias puras del alba
que despierta se estremece
desde las débiles ramas.
¡Siempre un camino adelante
y atrás muerta la esperanza,
siempre el grito que se ovilla
en el girar de las llantas,
siempre el dolor que te borra
las flores que pinta el alma
y en la boca, para siempre,
la sonrisa desgarrada!
Desde la noche tu carro
baja rumbo a la mañana quebrando ramas de sombra, pisando hierbas la llanta, y tú, herido por los soles, por los vientos y nevascas, como otra carga de leños del día a la noche bajas. Bajas, bajas consumido por tu vida en llamaradas y un humo acre te corona y te ciñe un agua amarga; tu silbo día tras día desde adentro se te apaga y en vano cierras el puño en tormentosa amenaza. Te abates por los caminos como dormida calandria sin un trino para el bosque si hambres para el mañana Desvanecido y temblando de la vida te desgajas como rama carcomida al golpe leve del hacha Carretero de ojos tristes perseguidores del alba, tu carro te marcó rumbos contrarios a la esperanza. ¡Para la vuelta no hay tiempo, sin angustias te desangras bajo la cruz lacerante que te lastima la espalda! Carretero, ya no hay tiempo para que vuelvas la cara, tu rostro habrá de borrarse con el lucero del alba; quedará sólo tu silbo libertado ya del alma llorando con los crespines posados en la mañana. AMANECER

Por el azul de las cumbres
viene en vuelo la mañana;
ya al lucero tembloroso
aire del cerro lo apaga.
Cual perfumero las flores
con sus aromas la escancian
y desde molles enhiestos
un coro de aves la aclaman.
Ríe el aire con su risa
de alhucemas y de albacas
y engavillada la sombra
todas las sendas se aclaran.
Suena en la hondura del cielo
un cencerrito de plata
y el agua ensaya de nuevo
su “Oración para las albas”.
Por el azul de los cerros
viene en vuelo la mañana
y mi alma sale a encontrarla
hecha pájaro y albaca.
CANCION DEL NIÑO LEÑERO

Cargando ganchos con leña,
lerdo, lerdo, el flaco andar
baja el burro de la loma,
trica, traca, trica, trac.
Descalzo el niño le sigue
sin despegarle su andar;
sólo se oye en la quebrada trica, traca, trica, trac. Piedras, cháguaras y mol es y el lamento de un cantar que amortigua aquel constante trica, traca, trica, trac. Viene el niño con su burro hamacándose a un compás, escuchando aquel eterno trica, traca, trica, trac. Espinas, piedras agudas, lejanía, soledad, sólo escucha por su senda trica, traca, trica, trac. ALAMO

Torre fragante de trinos
y de hojitas temblorosas,
adonde anidan las brisas
volanderas de la aurora.
Pasa a tu vera la acequia
llena de agua y peperina
y el camino de las cabras
muere en tu grama florida.
Nunca te falta el susurro
del beso de una pareja
y niños que desnuditos
se ríen y chapotean.
Y cuando al subir la noche
te bebe con su silencio
las estrellitas del agua
se están mirando en tu cielo.
MATINAL

Llena la copa azul de la mañana
un silencio de trino iluminado;
con pájaros de bronce, la campana,
desde el cielo prolonga su llamado.
Dios alumbra la verde serranía,
y allá, tras el rastrojo, el aire vuela
con risas y canciones de alegría
de los niños que marchan a la escuela.
Un llanto de perdiz apenas sube
abrillantando el aire mañanero
y es un clamor tendido hacia la nube
que pasa prometiendo el aguacero.
De mi huerto una voz se eleva clara
entre agua rumorosa y aire puro;
la vida en esta hora así me ampara
con flor naciente y anhelar maduro.
Despierta, corazón; l eno de aromas
el paso y la mano ya espigada
corre tras la blancura de palomas
que levanta la tierra deslumbrada.
Despierta, corazón, que todo l ama
con campana de cielo y fresco albor,
marchemos a sembrar, que todo clama
desde predios desiertos y sin flor.
OFRENDA AL ZORZAL

Amanece tu canto con el día
en la hondura angular de la quebrada y en su silencio creas de la nada un mundo matinal de hechicería. Oh, qué emoción desflora tu armonía fiel manojo de aurora dilatada, tierna corola en devoción clavada, molle sonoro, clara serranía. Por este alumbramiento de belleza, por esta eternidad que abre tu canto por el dolor que olvido, por mi amar busco mi verso en fibras de pureza y lo repito aquí con fervor tanto para todas tus gracias alabar. PAJARO EN LA NOCHE

En la gran soledad de las alturas
la noche ardía tal como una lámpara.
En las sábanas blancas del silencio
dormitaban las almas.
Y el pájaro cantaba.
No era su canto el canto mañanero,
el canto inundado por las albas.
No aquel que trina hasta en raíz del mol e
y llena conmoviendo las distancias.
No el fluir armonioso que penetra
hasta la sangre nuestra y ahí canta.
No; eran, sí, las voces musicales vertidas por el aire de mil flautas. Pero flechas de angustia las tendían aleteando y de muerte traspasadas. Era un clamor, un llanto desgarrado, sacudiendo afligido las distancias. Era como una flor negra y doliente abriéndose en aquel a noche clara. Desdoblaba el silencio hondos misterios y el pájaro cantaba. Era, sí, un corazón, que puesto al aire consumía su l ama. Era, sí, un corazón, tan malherido que el adiós para siempre daba a su alma. Era un pájaro en horas de la muerte que en un trino postrer se desangraba. Era, sí, una esperanza agonizante buscando su ataúd entre las ramas. Era un pájaro, sí, era un arpegio, un corazón sin sangre que aún cantaba. CABRAS

Por el cerro trepan
ágiles las cabras; el son del cencerro pareciera arrearlas. El pastor sin penas de amor ni de nada, por atrás camina llorando vidalas. Llegan a la cumbre y a otra tierra pasan de azulados campos y azul “ojo de agua”. ………………………… Arriba, en el cielo, triscando las cabras y abajo una boca sangrando vidalas. LLANTO POR UN NIÑO PASTOR

Para los seis años del pastorcil o Emiliano
Román.
Alma de Dios, oh cándida criatura amaneciendo al llanto y la tristeza como arbusto tronchado por el viento sobre áspera ladera; anda tu cuerpo niño junto al cielo olvidado de amor entre las hierbas, en un aire liviano de suspiro vencido por la altura de las crestas que te llenan de vértigo los ojos y desgano las piernas. Alma de Dios, oh cándida criatura, desvelada en la noche sin espera, cayendo paso a paso en un abismo sin una flor, sin risas y sin tierra, desamparado, herido, desangrado, por sedientos caranchos de miseria. Tras el hato de cabras, desde el alba caminas cerro arriba por la senda, traspasada sin lástima la usuta, por afiladas guijas traicioneras, seco de cuerpo y alma, sin llevar por tu cuerpo, hasta la vuelta, para tener en pie tu desaliento más que el cuenco de leche que al á ordeñas y algunas flores de ancuas desabridas que en tu bolsillo aprietas. Símbolo de la sed y el abandono no llevas de tu hogar palabra buena ni el beso que esparciéndose en el alma la enjoya de pureza. Y subes con el sol y sin fatiga tras el cencerro que al cenit puntea y te quedas allá en tu desamparo tan sólo con tu sombra compañera, congelado de alturas y silencio como otra piedra más sobre las piedras. Del alba a la oración estará el día, con su quietud inmensa, vacío para ti como nuez vana, en ese áspero mar de espino y piedra. No ha de tener tu risa, porque nunca la estación de las flores a ti l ega, porque jamás te alumbra el agua clara que escapa de las propias vertederas. ¡Triste y pobre pastor desposeído! Bajo el silbar agudo de cadenas que con saña te sangran las espaldas, das vueltas y más vueltas girando sin cesar junto a la noria con grilletes de sombra y de impotencia que te calan los huesos y que acallan tus gritos dolorosos de protesta. Oh gallo ciego que andas sobre el hielo que el alma te soterra ignorando que allí, junto al arroyo, otro mundo te quiere hacer ofrenda de ese cáliz sacramental que guarda el zumo de la vida verdadera. Sólo tienes la escarcha del invierno que engavilla tu llanto y lo cosecha y un desaliento que anda por tus huesos como víbora hambrienta. Oh, pálida criatura desvaída, flor de anunciación nacida y muerta, sin un hilo de gozo en las pupilas y sin lumbre de canto entre las venas. Así andarás la vida, árbol sin sombra, pajarillo sin sed, cardo de quiebras, el corazón de pena enmudecido, la boca con palabras que la queman, sin saber la frescura de algún canto, sin que al agua del trino reverdezcas, sin que veas tampoco a la hermosura que desnuda de sol te da la sierra. Alma de Dios, oh cándida criatura, desvelada en la noche sin espera, desamparado, yerto, desangrado, por sedientos caranchos de tristeza, amanecido y muerto, sepultado en tu tierra de inocencia, con una cruz de llanto bajo el cielo que sacude las eras, y una humilde corona perfumada de salvias y verbenas. Alma de Dios, oh cándida criatura, desvelada en la sombra sin espera, entrando como un sol desvanecido en la noche sin vuelta, ay, en vano he buscado sin descanso, hundiéndome en la entraña de tu sierra, la fuerza que a mi voz le diera el alma para gritar: ¡Despierta! o siquiera valor para decirte: ¡Y de pie en esta altura de mi vida y en la altura tremenda de estas piedras, sin salmos que entonar en tu calvario, la cabeza estallante puesta en tierra, en este umbral de entrada al infinito, sin más cirio que el alto de una estrel a, y sin bronces que en sones te acompañen, da en silencio su llanto mi tristeza por lo que es sólo sombra ya de tu alma irreparablemente muerta, muerta! INVIERNO

Como un árbol el cielo se deshoja en cristales de escarcha y trinos muertos; un mar de yelo bajo tierra moja las dormidas raíces de los huertos. Desde el cerro galopa un viento arriero tras negra nubazón, hacia el poniente, y algún loro levanta vocinglero su vuelo verde-azul y reluciente. Abeja musical, el aire suena tiritando de nieves y de yelo y batiendo la espiga de la avena entre chalas resecas muerde el suelo. ¡Oh, quién sabe en qué nidos, sin consuelo, dan sus píos los pájaros helados! ¡Hoy tan sólo “animitas” tiene el cielo nevando sobre campos desolados! Y en el rancho, una madre, contra el pecho, entibiar a su hijito intenta en vano y entre llantos su ensueño ve deshecho ardiendo en llamarada de verano. TRISTE FINAL

La noche anda por el río
echando sombras al agua;
el aire descimpa olores
de pececillos y algas.
Calla el metal del cencerro
compañero de las cabras.
La voz se ahoga en la niebla
que sube por las barrancas.
¡Ay soledad de la tierra
con su sombra y con el llanto que asciende por las raíces con sus jugos más amargos! Como dos manos levanta hacia lo alto del cielo y a Dios entrega temblando la pureza de su ruego. Pero nadie le responde; es un acorde grandioso de silencio el que le apaga la mística de su coro. No anda un paso, no hay un trino, nada vuela, todo calla. Nada, nada… luego un “triste” que llega de la otra banda: “Tengo todo pa` cruzar de mi vida el ancho río, una arganada de penas y un crucifijo de espino.” A la voz la traga el llanto que se hunde en pozo de sombras y en las piedras cae el ruego de la tierra que solloza. CANTA, LABRADOR

Sobre la paz del campo sin latido
se oyó el lerdo crujir de tu carreta;
entre silbos un viento borrascoso
más lejos l evó el bril o de tu estrel a.
Nada quedó en tus manos malheridas,
y nada, nada, en la heredad desierta.
Deshabitada tu alma de sus sueños
alzaste la mirada hacia otra tierra,
donde hay aire de mar y de esperanza, más cerca de los ríos, donde suena una música extraña, donde dicen que hay hondos vertederos de potencia que revientan con luz maravillosa en encantados pueblos de leyenda. Pero debes parar aquí tu marcha. En un viento de odios y miserias nos azota el clamor desesperado de otros lejanos mares, de otra tierra. Hacia tu patria mira el mundo entero porque aquí en este suelo se calienta la codiciada mies de la esperanza, porque aquí debe estar la gran cosecha del ideal redentor, vivo y fecundo que allá entre hirvientes lágrimas esperan. Sí, labriego, desunce ya tus bueyes; consuélate y espera que amanezca. Debe estar en mi boca la palabra de verdad y pureza que ha de quebrar tu equivocado rumbo para darte raíz junto a la era. Vuelve alegre a tu hogar desamparado que ahora ha de tener raras tibiezas; límpiate de tristezas que te manchan, fúgate de esa sombra carcelera que sin piedad te cala hasta los huesos y te sorbe el calor y las ideas. Desagua tus cavernas interiores, avienta el frío que a tu ser congela, afírmate con fe en tu propio esfuerzo y mira abrirse en flor tu vida nueva. Pon el gesto rebelde y victorioso y al anillo de hierro de tus penas rómpelo con un grito jubiloso y espera que amanezca. Vuelve sin ligaduras en los puños, ven, que la luz taladra tu ceguera y mira la hermosura nunca vista del valle que entre aromas ya despierta. ¡Si estás limpio de sombras ancestrales pronuncia las palabras que te llenan como un joyel la boca, desángrate en un canto de pureza que tu alma ya está abierta a las bondades y todo está sonando a copla nueva! ¡Levántate que el cielo a nadie aplasta, son tuyas esas alas que te elevan, y es tuya esa gran fuerza que te ensancha como turbión pujante las arterias! Saluda al surco abierto en preñez honda desde donde tu dicha ya revienta en espigas y aromas, en un rayo que le da claridad a tu existencia. Agiliza tu andar parsimonioso que es hora de iniciar la alegre siembra; anda, pierde tus pasos por los pastos, húndelos en la grama y en la arena, ambula por las quiebras y lomadas que a todo lo verás de otra manera Acércate a cada árbol como amigo, que ese viejo quebracho, esa brea, son los mismos de ayer, nada han cambiado, los que te dieron sombra, fruto y leña y la lección eterna de arraigarse para no sucumbir a las tormentas. Porque buscaron sin temor el cielo, porque ávidos se hundieron en la tierra, tienen hoy como ayer la flor y el trino que siembran sin cesar las primaveras. Ven, campesino, ven, mira a tu valle como por vez primera, que todo está diciendo alegremente que no existen dos tierras como ésta desde donde en bandadas se levanta la esperanza que nunca conocieras. Salúdala, labriego, salúdala, no temas; es tuya, sí, completamente tuya; es tu más rica herencia con todo cuanto miras asombrado, con todo cuanto crees que ella encierra. Salúdala, labriego, salúdala, no temas, que ahora se han hundido tus raíces en corazón de tierra. No te asusten las alas que te crecen, son tuyas, no, no temas ni a la hondura del cielo que te atrae ni a las nubes oscuras ni a las nieblas. Salúdala, labriego, une tu voz al coro que se eleva, que en el joyel de tu alma está la copla que tiene el limpio brillo de una estrella. Salúdala, labriego, salúdala en la flor de la verbena, en tus dos mansos bueyes, en los trinos, en el troje que se hincha, en la mansera, en el cristal que vierte el ojo de agua, en su humildad fragante a yerbabuena, en el nido que mecen altos vientos, en el aire que viene y juguetea, en la risa que llega desde lejos con fragancia y dulzura de colmena. Canta, labriego, canta, tú tienes la palabra simple y fresca que llena de cristales a tu alma; no dejes que se pierda, haz que vuele por entre los trigales, que a otras bocas también en canto encienda; suéltala jubiloso junto al agua, que se alumbre de aromas y se pierda en tu azulado y silencioso valle que algún pastor habrá de recogerla. No te asuste la copla juguetona, no, labriego, no temas, es hora de cantar alegremente hasta llenar de cantos a la gleba. Si estás limpio de sombras ancestrales pronuncia las palabras que te llenan como un joyel la boca; saluda, sí, a tu bendecida tierra la más rica del orbe y enorgullécete de que así sea, y de que en ella tengas a tu patria y que sean tus manos y tus rejas las que le arranquen incansablemente sus profundos filones de riqueza. Salúdala con cantos y bendícela porque te da su historia y su bandera de inmortal y gloriosa ejecutoria a cuya sombra elevas tu vivienda y en la que encontrarás ahora y siempre la dicha acariciante que aún esperas. Sí, canta, labrador, que nadie ignore que te enraizaste en corazón de tierra. Canta, canta con gozo verdadero, canta que ella es guitarra gigantesca hecha sonora voz en cada molle, en la cháguara enhiesta, en la verbena, en el arpa armoniosa de los pájaros y en el agua que salta entre las piedras. Canta, labriego, canta alegremente dile adiós para siempre a la tristeza que ha de llegar el alba con la espiga y el trino delirante de la idea. *** FIN ***

Source: http://biblioteca.sanluis.gov.ar/Publicaciones/EL%20CLAMOR%20DE%20MI%20TIERRA.pdf

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