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Categoría: Crónica Autor (es): Juan Veledíaz Tipo de Medio: Proceso La mayoría eran jóvenes con no más de un año en el Ejército. Dos errores de su comandante –desviar el camino y dar mal las coordenadas, con un equipo de radio sin batería de repuesto– fueron los factores que provocaron la trágica muerte de un grupo de militares en Laguna Salada, Baja California, en el verano de 1996. Proceso obtuvo los documentos judiciales que contienen los relatos de quienes sobrevivieron a las noches y días de extravío con temperaturas arriba de los 40 grados. El silencio del desierto se suspendía cuando las pisadas de las botas militares avanzaban sobre un sendero de piedras y arena. Amanecía, en el árido paisaje de Sonora, cuando el cabo de Transmisiones José Luis Cota Santillanes no aguantó más y se derrumbó. Unas horas antes, a las tres de la mañana de aquel 29 de julio de 1996, había salido en marcha hacia Campo Mosqueda con un grupo de 34 soldados, con los que integraba la patrulla Tecolote. Eran los días del asfixiante verano en que la temperatura llegaba más allá de los 42 grados. Después de dos semanas de convivir en un desolado lugar conocido como Laguna Salada, a cuatro horas por carretera de Mexicali, la caminata, que ese día comandaba el subteniente Alejandro Herrera Montalvo, era la última prueba para concluir el curso de Patrullas de Operaciones Especiales (CPOE). El grupo pertenecía al 18 Regimiento de Caballería Mecanizada que tiene su base en Nogales, Sonora, y el adiestramiento se había iniciado el día 16, en su primera fase, con tácticas para operaciones en montaña en la región del Cañón de Guadalupe. Días después se habían trasladado a un lugar cercano llamado El Manatú, en donde desarrollaron la segunda parte, que consistía en estrategias para operaciones en el desierto. El día 25 la patrulla partió en una caminata nocturna hasta Guardianes de la Patria, donde fue adiestrada sobre operaciones en poblados. Cuando, al amanecer del día 29, Cota Santillanes comenzó a sentir los primeros síntomas de deshidratación, otro de sus compañeros, el soldado de Intendencia Tomás Matlacuatzi Meléndez, también tenía un profundo mareo que le impedía sostenerse en pie. La tarde anterior, en Guardianes de la Patria, los integrantes de la patrulla tuvieron su última revisión médica antes de partir, a cargo del teniente Jorge Carrillo Guzmán, médico cirujano especialista en ginecobstetricia, que había llegado de la comandancia de región con el mayor Héctor Sánchez Rodríguez para dejarles una dotación de víveres. El capitán José Ever Rueda Barrón, coordinador del curso, le entregó un informe al mayor Sánchez sobre lo realizado en los últimos días y le notificó que el programa llegaba a su fin al día siguiente con la marcha. Carrillo Guzmán atendió a varios soldados, a algunos les revisó la piel por quemaduras, a otros, como el sargento Luis Saavedra López, lo exceptuó de la caminata por tener una torcedura en el tobillo. A Cota Santillanes, después de revisarle boca, tórax y abdomen, le recetó metronidazol debido a que se quejaba de dolores en el estómago. La hora para salir hacia Campo Mosqueda, a 32 kilómetros de ahí, estaba fijada a las tres. El capitán Rueda Barrón seguiría al grupo en un carro ligero de exploración con remolque, en el que transportaban un tambo con 200 litros de agua y víveres. Con él iban los subtenientes Rafael Galindo Vázquez y Gustavo Moreno Osorio, instructores en las primeras semanas del curso, así como el cabo conductor Alberto Zárate López y el lesionado Saavedra. Las instrucciones del capitán al subteniente Herrera Montalvo, comandante de la patrulla, eran que entregara a todos los integrantes los datos de la marcha, planos de orientación, la dotación de agua y víveres para el camino. El objetivo era que la columna llegara alrededor de las ocho de la mañana a un puesto de observación y vigilancia establecido en las inmediaciones del cerro El Mayor, donde serían reabastecidos. Desviación mortal  Gob.  Francisco  García  Conde  #5,      Col.  San  Miguel  Chapultepec.  México,  D.F.          Teléfono.  (55)  5276  4480   A las tres de la mañana, los soldados tomaron su desayuno: dos hot dogs y café. El subteniente tuvo que despertar al capitán Rueda para solicitarle autorización para que la patrulla partiera. Una vez otorgada, el oficial siguió durmiendo mientras la columna comenzaba la marcha. Después de tres horas de camino y al despuntar el alba que iluminaba el perfil del cerro El Mayor, el subteniente Herrera ordenó a la columna, cuando miró una serie de curvas, que desviaran la ruta unos grados para avanzar en línea recta; poco después ingresaron a un terreno desnivelado. Sobre su espalda Cota Santillanes llevaba la radio Harris. Fue cuando comenzó a sentirse mal y aflojó el paso. El sargento Gustavo Romo García lo vio y le gritó que no aflojara; el cabo respondió que él caminaría a su ritmo. El subteniente escuchó todo y ordenó un alto. Media hora después reanudaron el camino. El poco viento que soplaba quemaba la cara y las orejas, secaba los labios y envolvía la cabeza. A esa hora, a la mayoría de los soldados les quedaba un cuarto de agua en sus cantimploras. El soldado de Sanidad Jesús Mario Rivas Medina, encargado de primeros auxilios, iba al frente de la columna. Miró hacia el final de la columna y distinguió entre los rezagados a Cota Santillanes. Bajó su mochila y llenó su cantimplora con un poco de agua que llevaba de reserva. Lo esperó, le ofreció el agua y siguió con él, pero al poco rato desistió por la lentitud con que avanzaba el cabo de 20 años de edad. Decidió avanzar a su paso y, ya entrada la mañana, alrededor de las 10, un soldado gritó que el operador de la radio ya no podía avanzar. Estaban por entrar al cañón David cuando el comandante de la patrulla ordenó alto total para que Rivas Medina pudiera revisar a Cota Santillanes. Le suministró una ampolleta de suero. Con la urgencia de continuar, Rivas Medina cargó la radio, el comandante de la patrulla tomó el arma y un soldado lo ayudó con su mochila. El sendero se alargaba, contrariamente a lo que pensaba el subteniente Herrera kilómetros atrás, cuando respondió a la advertencia de sus subordinados de que desviaban demasiado la ruta marcada en los mapas. Pero no avanzaron más de un kilómetro cuando Cota Santillanes —apodado El Traca— reventó. Le siguió Matlacuatzi Meléndez. El subteniente tomó la radio e intentó comunicarse con la comandancia de la Segunda Región Militar en Mexicali. Pasaba del medio día. Las baterías de repuesto se habían agotado días atrás en el desarrollo de otras operaciones y las que usaban empezaban a dificultar la comunicación. El subteniente vio que de sus 34 soldados, ocho estaban desplomados entre las rocas, a la sombra de unas matas secas, con evidentes síntomas de deshidratación. Después de varios intentos, hubo contacto con la Sección Tercera, Operaciones de Estado Mayor, de la Segunda Región Militar, en donde estaba de guardia el cabo Gilberto López Villalobos. Manden agua rápido porque ya se nos agotó y se están desmayando, se escuchó. El comandante de la patrulla urgió de nuevo y añadió que las coordenadas en las que se encontraban eran las que aparecían con la clave PF-4869, que eran inaccesibles con vehículo. Cuando el mayor Gilberto Martínez Martínez, jefe de la Sección Tercera, recibió el informe del cabo López Villalobos, se encontraba con el subjefe del Estado Mayor de la región, el coronel Jaime González Montes. La petición de auxilio los sorprendió, pues ninguna de las patrullas que antes había realizado el curso había tenido contratiempos. La orden del coronel González al mayor Martínez fue que despachara una unidad militar con agua a la zona indicada, que era a seis kilómetros de la cañada David. Al poco rato, el cuartel recibió una nueva llamada: Rápido, mándenos agua porque nos estamos muriendo de sed, ya El Traca y uno más no pueden caminar. ya están agonizando dos, mándenos agua. Hubo una serie de interferencias y la comunicación se interrumpió; el coronel ordenó al operador de la radio que estableciera contacto de nuevo, y entre ruidos se volvió a escuchar al subteniente Herrera. González insistió en que le dieran un punto característico del lugar de donde estaban porque la coordenada que señalaba estaba muy lejos del cañón David. Por la radio sólo se escuchó: ya no podemos caminar, vengan a ayudarnos. De nuevo se cortó la señal. El capitán Rueda llegó a las ocho de la mañana, hora indicada para reabastecer a la patrulla, al puesto de observación custodiado por el sargento Pablo Caciano Hernández. Le preguntó si había visto pasar la patrulla. El vigía le dijo que no. El oficial se extrañó, pues a las seis de la mañana, cuando salió de Guardianes de la Patria con los otros dos oficiales, el sargento Saavedra y el conductor, observó las pisadas de los integrantes de la patrulla que iban en la dirección correcta. Poco después consultó con los instructores Galindo Vázquez y Moreno Osorio, quienes le dijeron que lo mejor era avanzar hasta la parte más alta del camino para ver si desde ahí los podían ver. Al poco rato subieron a una elevación rocosa y no vieron nada. Decidieron entonces trasladarse al Campo Mosqueda para descargar el remolque con las provisiones y dejar en el vehículo el tambo con agua para tener más movilidad. Patrullaron otra vez alrededor de los cerros, sin que tuvieran resultados. A unos kilómetros de ahí, bajo la caldera solar de Laguna Salada, el sargento Gustavo Romo García, segundo en el mando, observó a Herrera que con dificultad podía emitir los mensajes de auxilio; consideró que los soldados que estaban en condiciones de continuar tendrían que hacerlo de inmediato; al mal estado de Cota Santillanes y Matlacuatzi Meléndez, se sumaron el subteniente y otro soldado. El comandante gritó que quienes pudieran continuar la marcha buscaran la salida hacia la carretera y les enviaran agua. Eran 10 los que iban en busca de la salida; delante de todos iba una perrita, Reina, que se había acostumbrado a acompañar a los soldados de las distintas patrullas. Mientras tanto, las lecciones de supervivencia en el desierto parecían prolongar la agonía de los que se quedaron, algunos de los cuales se sumergieron en un profundo sueño, a la sombra de rocas y matorrales, del cual ya no despertaron. Otros se dispersaron a buscar biznagas, planta que al chuparla se le puede extraer agua. Búsqueda y desesperación Después de las dos de la tarde, el calor había llegado a 45 grados. El sargento Romo y algunos de sus hombres, entre los que iba Rivas Medina, encontraron una cueva y decidieron resguardarse al menos hasta la hora del crepúsculo. Las piernas no me respondían, el estómago lo sentía seco y todo me daba vueltas, empezando la desesperación para todos porque no se le veía el fin a la cañada, recordó después Rivas Medina. Los soldados que no pararon seguían a Reina, con la esperanza de que ella sí conociera el camino. Cuando las siluetas verde olivo se paraban, el animal ladraba y aullaba. Llegó un momento en que sus aullidos eran llantos, y, en la desesperación, dos de los soldados quisieron agarrarla para abrirle el cuello y beber su sangre. No pudieron, Reina echó a correr y no paró hasta llegar a Campo Mosqueda. Cuando los oficiales instructores la vieron llegar dieron la voz de alerta. La perra bebió algo de agua y los subtenientes trataron de reanimarla, para que los llevara a donde estaba la patrulla. Después de unos minutos, Reina murió. El mayor Martínez ordenó al capitán Rueda reanudar la búsqueda. Salió de Campo Mosqueda en su vehículo con los subtenientes Moreno Osorio y César Aníbal Variller Ramírez, también instructor del curso. Llevaban un equipo de transmisiones en cuya frecuencia serían identificados como Tecolote Dos. El general de División Eulalio Fonseca Orozco, comandante de la Segunda Región Militar, recibió el informe sobre la patrulla cuando se encontraba en un helicóptero de la Comisión Federal de Electricidad. Sobrevolaba la termoeléctrica de Cerro Prieto, bloqueada como protesta por el aumento de las tarifas eléctricas por el Frente Cívico Mexicalense. Con él volaba el capitán Crisóforo Martínez Parra, jefe de Inteligencia Militar en la región. El general pidió que le enviaran las coordenadas para volar hacia el lugar donde se había reportado la patrulla. También solicito que si había un nuevo contacto por radio con los extraviados, les dijeran que hicieran señales de humo. Al poco rato sobrevolaba a unos siete kilómetros de donde se encontraba el subteniente Herrera, y los que no pudieron avanzar escucharon el motor del helicóptero, pero nunca apareció. Quemaron botas, camisas, leña verde, extendieron unas sábanas, pero la ayuda jamás llegó. El rescate Al atardecer llovió durante unos 10 minutos en el cerro El Mayor. Quienes estaban recostados entre las rocas hicieron cuencos con las mangas de la camisola, bebieron agua caliente y algunos llenaron sus cantimploras. Fue el empujón que necesitaban para que, más tarde, pasada la media noche, pudieran continuar el ascenso. Donde no llovió fue en las partes bajas, donde se encontraba el comandante de la patrulla y quien ahora era su segundo, el sargento Cecilio Santiago Ramírez. El subteniente Herrera le ordenó, cuando empezaba a oscurecer, que los soldados que estuvieran en mejores condiciones fueran a la entrada del cañón y encendieran fogatas. Entre los que se pudieron mover estaban los soldados Javier Meza Mares y Casimiro Cruz Ramírez, con los que se acordó que en caso de novedades se comunicarían con disparos al aire. Estas personas se fueron y ya no regresaron durante la noche ni nunca más, porque fallecieron, declaró tras su rescate Santiago Ramírez. Los del cerro reiniciaron el ascenso. Descansaron hasta las dos de la mañana. Del otro lado de la montaña, con la llegada de la noche, el capitán Rueda continuaba la búsqueda por una brecha que se iniciaba a la orilla de la carretera y que se adentraba por la montaña. Con los dos oficiales hacían disparos al aire, encendían fogatas y regresaban al vehículo para avanzar por otros lugares. Buscaron señales toda la noche hasta que salieron por el área que correspondía a Laguna Salada cerca de las cinco de la mañana del martes 30 de julio. A esa hora se acercaban a lo alto del cerro cuatro soldados con el cabo Francisco Javier Leyva Delgado a la cabeza. Más atrás iba el sargento Romo con otros soldados, su objetivo era llegar a la cima antes de que saliera el sol. El amanecer despuntaba cuando el cabo Leyva vio desde la cumbre un río y la carretera. Se adelantó y, poco antes de la siete de la mañana, fue el primero en recibir ayuda. Me auxilió un americano y me regaló agua, le pregunté si sabía dónde quedaba el Campo Mosqueda, contestándome que estaba más adelante y se fue. Decidí pedir raite a otro vehículo, que me llevó hasta Campo Mosqueda, relató horas después. Los oficiales y el personal de Campo Mosqueda lo ayudaron a quitarse el equipo, se comunicaron con el general Fonseca y el capitán Martínez Parra, quienes llegaron en un helicóptero. Lo interrogaron sobre la ubicación de sus compañeros. Mientras se recuperaba, subió a la aeronave para indicarles a sus superiores por dónde había salido y en qué parte se encontraba el resto de la patrulla. Aproximadamente a esa hora, en lo más hondo del cañón David, el soldado Luis Coss Rodríguez se quedó pasmado cuando el subteniente Herrera despertó. El oficial dijo a los pocos que aún lo escuchaban: Estoy malo, qué moral les voy a dar, yo estoy con ustedes, y se retiró del lugar posiblemente para que no muriera con nosotros, se levantaba y se caía, seguía refiriendo todavía que él llevaba la pauta, sin saber qué quería decir con eso, finalmente se fue, dijo que iba por agua, se subió por el cerro y desde ahí nos gritaba: ‘vengan, aquí hay agua’, pero ya nadie se podía mover, sabíamos que no era verdad, ya que estaba alucinando, vimos que se sentó y ya no supimos nada de él, contó después el soldado. Poco antes del medio día, abrió los ojos el soldado Roberto Carlos Arredondo Guzmán, miró a su alrededor y se percató de que ya habían muerto sus compañeros Cota Santillanes y Matlacuatzi Meléndez. Otros estaban profundamente dormidos, como Ricardo Ceceña Castro, debajo de un árbol seco. Cuando despertó se encontraba, desde hacía cuatro días, en el hospital del ISSSTE de Mexicali. Cuando el capitán Rueda y los dos oficiales que lo acompañaban vieron que la mañana avanzaba sin resultados en la búsqueda, descansaron un poco para después pedir instrucciones por radio a la comandancia. Sin indicaciones concretas, los oficiales Moreno y Variller le sugirieron al instructor que ellos recorrerían otro tramo a pie mientras él le daba la vuelta al cerro en el vehículo. El capitán regresó al puesto de observación. Preguntó al vigía si sabía algo de los dos oficiales que andaban por la zona, al no tener noticias de ellos, regresó al punto donde los había dejado. Esperó algunas horas, efectuó algunos disparos al aire y regresó al Campo Mosqueda, en donde avisó que los dos oficiales se habían perdido. Regresó en compañía del teniente Ponce y del subteniente Rafael Galindo Velázquez al puesto de observación, donde el sargento Pablo Caciano les informó que había hecho contacto con el subteniente Variller, quien informó que el teniente Moreno se encontraba con una fuerte insolación y que si no recibía auxilio pronto, moriría al día siguiente. El capitán Rueda se movilizó hacia las coordenadas que habían dado por radio al centinela antes de perder contacto con ellos. Mientras, por la montaña bajaba el soldado José Francisco Bueno Gaxiola, más arriba otros de sus compañeros, entre ellos el sargento Romo, descendían con dificultad. Unos kilómetros más abajo, por el camino que une Mexicali con San Felipe, se acercaba una Suburban verde que desde temprano había salido de la Segunda Región Militar. Ahí iba el general Fonseca, acompañado por uno de los soldados que había encontrado en la carretera, quien le señaló en donde se encontraban sus compañeros. Vimos a un soldado que nos hacía señas, por lo que el general Fonseca ordenó a su chofer que detuviera el vehículo, al detenerse me bajé inmediatamente y le pregunté al soldado qué hacía en ese lugar, noté que se encontraba sin camisola y con acento desesperado manifestó que era integrante de la patrulla que se había extraviado, al preguntarle por el resto de sus compañeros dijo que no sabía, el general le ordenó que se subiera y que nos llevara al lugar de donde había salido, contó después el capitán Martínez Parra. Por el camino encontraron un vehículo Hummer con el coronel Ranferi Aburto Avilés, comandante del 67 Batallón de Infantería en El Ciprés, Baja California, quien también participaba en la búsqueda. Avanzaron ocho kilómetros al sur de Campo Mosqueda, se estacionaron y el soldado les señaló por dónde había salido y por dónde podrían venir sus compañeros. Tomaron la brecha y durante varios minutos silbaron sin escuchar nada. Los soldados con el sargento Romo a la cabeza se acercaban a la carretera cuando escucharon los silbidos, respondieron con gritos y levantaron los brazos; vieron que el general Fonseca se acercaba con otros oficiales y dos de sus compañeros. Tan pronto el comandante de región los encontró, les preguntó que dónde estaba el resto del personal. Contestaron que ellos se habían adelantado para pedir ayuda. El general nos regañó diciendo que ‘por qué salíamos, porque si un elemento de la patrulla se muere nos morimos todos, para eso éramos un equipo’, le indicamos al general que el resto de personal se encontraba del otro lado del cerro, al principio del cañón, a lo que nos respondió: ‘que se mueran por huevones’, relató el cabo José Humberto Urías Berelleza. El general Fonseca se comunicó con el coronel Montes a la comandancia, a quien ordenó que se enlazara con la CFE para que le prestaran el helicóptero. La tarde avanzaba cuando los soldados que buscaban cactus entre rocas y arena vieron el helicóptero, donde se encontraba el cabo Leyva Delgado. Hicieron señales con sábanas, quemaron lo poco que les quedaba de ropa y el aparato aterrizó cerca de una duna, donde se encontraron los cuerpos moribundos y dos de los fallecidos. Al arribar, el personal se encontraba desesperado y nos pedían agua, por lo que de inmediato bajé la litera que traíamos y empezamos a repartir el agua y refrescos, noté que el personal se encontraba semidesnudo, algunos en trusa y otros en pantalón y camiseta, preguntándoles en dónde se encontraba el oficial para saber lo que había sucedido, un soldado me entregó la pistola y me dijo que el oficial, por la mañana, se había ido con otro soldado a buscar ayuda, relató Martínez Parra. El cabo Bernabé Montaño Sánchez dejó de respirar cuando comenzó a llegar la ayuda del helicóptero con el general Fonseca al frente. La aeronave se llenó y el capitán Martínez Parra se quedó para continuar la búsqueda apoyado por Leyva Delgado. En el trayecto, el general Fonseca no salía de su asombro: revisó las mochilas de los sobrevivientes y encontró que llevaban naranjas, jugo de sabor frambuesa y otros víveres. Les preguntó por qué no habían consumido lo que llevaban y le respondieron que, ante el temor, nunca se acordaron. Cuando el helicóptero despegó, Martínez Parra encontró en los alrededores del cañón David a dos soldados debajo de unas ramas cubriéndose del sol; al lado había un cadáver. Subieron a los soldados y al cuerpo, sobrevolaron hacia donde principiaba la cañada y en una barranca vieron la silueta inerte de otro militar. También lo subieron. En unos minutos, los dejaron en unas ambulancias que estaban en la carretera resguardadas por Hummers. Con las primeras sombras nocturnas, el capitán Rueda seguía la búsqueda de los dos oficiales extraviados. Cuando la visibilidad se había perdido, observó que sus dos acompañantes señalaban hacia lo lejos, donde se veía la luz de una fogata. Caminaron en esa dirección, pero al poco rato la luz desapareció. Después de varias horas regresaron a su vehículo y distinguieron las luces de dos vehículos en los que viajaban el general Fonseca y el coronel Aburto. Cuando el comandante de región escuchó el informe del capitán Rueda, ordenó que se coordinaran para proseguir la búsqueda de los tenientes Moreno y Variller. La búsqueda continuó durante la noche. El capitán Martínez Parra se apoyó en varios soldados del 23 Regimiento de Caballería, mientras su homólogo Rueda lo hizo con otros oficiales, a los grupos los coordinaba el coronel Aburto. Al amanecer, Martínez Parra vio en una barranca, muy cerca del cañón, el cuerpo de un soldado. Se trataba de Tobias Estrella. Poco después, el helicóptero descendió cerca de donde se encontraban y depositó a la entrada del lugar tres cuerpos, al rato llegó con los cadáveres de otros tres. Aquel miércoles 31, el helicóptero llevó seis soldados sin vida al cuartel, entre ellos el del subteniente Herrera, comandante de la patrulla Tecolote. Durante el jueves 1 y el viernes 2 de agosto, por tierra y aire, siguió la búsqueda de los dos subtenientes, hasta que el sábado fueron encontrados entre rocas y ramas secas, ya sin vida. El resultado final fue de 11 soldados y tres oficiales muertos por golpe de calor, deshidratación e insolación. Sobrevivieron 22. Epílogo El informe del general brigadier Alfredo Fregoso Cortés, jefe de Estado Mayor de la Segunda Región Militar, quien durante las horas de emergencia se encontraba de comisión en la Ciudad de México, señalaba en el punto I que el factor definitivo que provocó la muerte del personal de Tropa y que impidió que éstos reaccionaran ante la situación de emergencia que tenían, fue el sueño que les provocaron las altas temperaturas, del cual ya no despertaron. Según el general, los equipos de radiocomunicación no satisfacían las necesidades de las unidades desplegadas en la región, además de que los extraviados no llevaban suficiente batería de respaldo. La ruta que deberían seguir y la ruta que siguieron aparecen al final de las conclusiones. Pocos días después de la muerte de los 14 militares, el general Fonseca Orozco dio una entrevista a un diario local, al que declaró que no se podía excusar con la ignorancia, con las deficiencias o negligencias de mis subordinados. En estas circunstancias, aseguró que por la muerte de los jóvenes soldados yo soy el responsable. Sin embargo, por el caso de Laguna Salada, la justicia militar procesó al capitán José Ever Rueda Barrón, coordinador del Curso de Patrullas de Operaciones Especiales, y a los dos oficiales instructores. Después de poco más de tres años de juicio, el juez primero militar, con sede en el Campo Militar Número Uno, consideró que los procesados eran responsables, pero por la falta de pruebas de la fiscalía militar, la justicia federal los dejó libres.

Source: http://www.periodismo.org.mx/Ganadores/2002/3_Cronica/Cronica_2002.pdf

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